06 Jan
La Navidad para Pepe Pimba

Navegar por aguas turbulentas ya no era lo mismo para Pepe. Siempre, —en sus sueños— recorría costas desconocidas y combatía las dificultades con gran precisión e inteligencia. Ahora sentía que había algo nuevo en su interior. Algo que no había percibido antes.

 Cuando su abuela vivía, todo sucedía en total silencio, en una inmensa y nerviosa calma. Los fuegos artificiales enmudecían los equipos de sonido que reventaban en una alta resonancia con música navideña, caribeña, callejera y una mezcla de ritmos y letras incomprensibles para él. 

La cena se servía en una mesa de madera. Un corto mantel estampando un San Nicolás tirando de un trineo de seis venados con cuernos encendidos por luces de colores. La frugal comida se servía temprano, y luego, su abuela lo sentaba en sus piernas y le acariciaba el lacio cabello castaño, mientras sorbía una taza de té de hierbas y se mecía con lentitud en su desvencijada mecedora. Al rato yacía en su cama en búsqueda de nuevas aventuras marinas. 

Las mañanas siempre comenzaban con un trinar de pájaros buscando ramas o pequeños restos para llevar a sus crías. Por la ventana se podían ver los niños de la calle buscando entre la basura la suerte de un convite o de un juguete desechado la noche anterior de un niño Jesús olvidado. 

Pero Pepe ahora no tenía a su abuela. Sus padres ya no eran un recuerdo. Eran un vacío en la mente de un pre-adolescente de 12 años. Ya no recordaba quienes eran. Su destino y sus pensamientos sólo buscaban supervivencia. Sus escasos amigos ya no asistían a la escuela, estaban confinados por la extraña enfermedad que mermaba la población del barrio. 

La navidad para Pepe Pimba era como una simple palabra. Nunca había recibido un regalo verdadero. En una ocasión su abuela le había preparado un pequeño pastel de chocolate. Su rostro y sus manos mostraron la alegría de ese amor incondicional y la emoción de un niño de 7 años. 

— ¡Gracias abuelita! ¡Te quiero mucho! —Y la comisura de sus labios marcaban la esencia perecedera del cacao y el gozo de su incipiente vida. 

Esa mañana se levantó temprano. El sudor aún recorría su delgado cuerpo. La ventana abierta dejaba pasar la tímida luz del sol a través de una cortina rota. Miró hacia un costado de la cama. El brillo de una caja finamente envuelta le llamó la atención. Un lazo rojo, una cinta dorada, una tarjeta con el dibujo de un barco velero rodeado por delfines juguetones. Una cresta en la proa mostraba la velocidad y la fuerza de avance de la embarcación. Sus ojos buscaban a su alrededor alguna pista o algo que pudiera explicar la extraña y misteriosa aparición de la caja. Se acercó y tomándola entre sus manos la destapó con mucho cuidado para ver en su interior. ¡Un velero! ¡Un hermoso velero! ¡Y un delfín de jade! Su rostro iluminado abarcó la estancia y una sonrisa olvidada apareció en sus labios. 

Pepe se movió con su sorpresa hacia la ventana y vio a un extraño hombre alto parado en la esquina. Vestía de blanco y su sombrero tapaba su rostro. Le miró de soslayo y caminó hasta perderse entre la gente y las calles del barrio. Arrastraba una maleta de pequeñas ruedas y asidero retráctil. La mañana se hizo calurosa y la brisa se extravió entre las paredes de las casas cercanas. Un brillo de felicidad inundó la ventana en el cuarto de Pepe Pimba.

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